jueves, 17 de octubre de 2013

"El conformista": La burocracia al servicio del Partido.

Dicen que Mussolini afirmaba que se había encargado de “hacer limpieza” en la administración italiana a partir de mediados de los años veinte. Lo cierto es que la limpieza no fue tal, dada la imposibilidad que le supuso colocar en puestos de alto nivel administrativo a fieles leales a su ideario. Sin embargo el sistema burocrático que fue tomando las riendas de la administración ordinaria en el país fue el surgido del propio aparato político del Partido Nacional Fascista, en el que sí que fue fácil colocar a personas con un perfil técnico más mediocre pero que alcanzaron mucho poder.

Esta burocracia nada neutral, ideologizada de principio a fin como por otro lado es seña de identidad de cualquier Estado fascista, es el caldo de cultivo en el que se mueve Marcelo, el protagonista de la película y obra maestra de Bernardo Bertolucci, “El Conformista”.


Es en dicha burocracia en la que Marcelo, un funcionario de respuesta emocional átona, lastrado por sus experiencias como víctima de abuso infantil, decide sin saber muy bien por qué participar en el régimen. La decisión supone un punto de inflexión que pone en su estado apático algo de emoción y le hace sentirse juez y parte dentro del aparato burocrático, al mismo tiempo que en su deshecho mundo interno. La máxima expresión de esta situación se muestra cuando, tras encargarle asesinar a un antiguo profesor suyo, exiliado del país y refugiado en París, acomete su encargo sin que sus poco profundas disquisiciones morales se lo impidan.

La película muestra con gran destreza hasta qué punto el aparato burocrático creado en un régimen fascista, coadyuva a la despersonalización, creando un sistema que se retroalimenta con intención de alcanzar la perpetuidad.




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